lunes, 13 de agosto de 2007

Montebello

Montebello (Antioquia) Colombia

Salve a ti, ciudad galana!




Domingo 18 de Septiembre de 2005:

Como desperté un poco tarde, a las seis, al principio me arrepentí de viajar, pero al ver que iba a ser tanto verano decidí salir para el pandequeso. El bus de Abejorral no pasaba hasta cuando vino uno para Montebello y entonces me dije: ‘Este es el mío’. El carro aunque viejo y lento, (qué afán…), estaba bueno y con ventanilla amplia. Me ubiqué al lado contrario del conductor, preciso para divisar sin sol.

A partir de Versalles son 12 kilómetros de carretera destapada. El pasaje cuesta $ 5.000 y vale la pena, pues el panorama es bellísimo. Al principio se ve hermoso Versalles con su iglesia y dos antenas, colocado en la cima de la montaña y con un hermoso fondo azul. Más adelante se ve Santa Bárbara, también regado sobre la cuchilla. En un día sin nubes todo se ve de maravilla. Supongo que por la noche también debe verse muy hermoso.

Casi todo el trayecto la vía Versalles-Montebello transcurre paralela a la de La Pintada, solo que sobre otra cordillera. Los precipicios son impresionantes. Si el bus se va allá abajo no salimos ni en el periódico. Qué horror. Pero ahora en verano la banca es firme y segura. En el sitio La Granja están las partidas para El Retiro y La Ceja. Desde Montebello sale escalera para esos municipios, aunque la carretera como que es muy mala, según me cuenta la viejita que viene a mi lado.

Y a partir de La Arenera quedan solo 4 kilómetros para llegar a Montebello. En adelante el bus ya estaba repleto de campesinos que tuvieron que viajar de pié. Por fin a las nueve de la mañana y tras dos horas de viaje lento, estuvimos en la plaza de Montebello. El pueblo es más bien feo, pues casi no tiene plaza ni parque y lo único que se destaca son unos carboneros florecidos, un guayacán joven, muchas bancas para que se siente la gente en las tardes y dos palomeras para que habiten las aves. Como la iglesia tapa el sol poniente, sí es muy agradable sentarse en el pequeño parque a ver pasar los feligreses. A esta hora hay en los andenes del parque algunos toldos donde se venden ropa y chucherías. En todo el marco de la plaza hay una casa de dos pisos sin revocar lo que hace suponer desidia de parte de los funcionarios de planeación.

El pueblo es no tanto feo, sino su gente como muy campesina. Se ven personas con los dientes dañados, muy delgados, en los hogares equipos de sonido a buen volumen, muchas casas tienen el techo de eternit y los más pudientes cargan el celular en el sitio donde más se vea.

El Hospital San Antonio está a la entrada del pueblo, y al oriente, allá abajo están las instalaciones del Colegio de Bachillerato, con una muy buena cancha de fútbol y coliseo cubierto. Hacia el occidente está el Polideportivo, recién construido, pero me parece poco utilizado. A veces no es cuestión de hacer muchas obras físicas monumentales, sino de promover su utilización. De no ser así, se convierten en elefantes blancos.

Aunque no había desayunado, preferí antes que nada buscar una buena ubicación en un sitio del oriente para tomar fotos con el sol a la espalda. Y efectivamente hacia el levante hay un morro pequeño con una imagen de la Virgen y dos antenas cercanas. En el camino uno pasa por un parque con la imagen de San Vicente de Paúl y rodeado de casas que se ve, fueron construidas para los más pobres.

‘¿Usted vino en helicótero?’

me preguntó Andrea al verme forastero. Es una niña de 8 años que vive con sus hermanitos y primos en un barrio sin calles cerca al morro. Y fue que ayer aterrizaron allá abajo en la cancha del colegio dos helicópteros en los cuales llegaron el gobernador y el ministro de Obras para anunciarle al pueblo que en Octubre próximo se inician los trabajos de pavimentación de la vía Versalles-Montebello.

Andrea y sus amiguitos se ofrecieron a acompañarme en la subida al morro. Se calzaron sus zapatos viejos y échele para arriba. Luego cuando vieron la cámara me pidieron que los retratara a ellos y a sus casas, que son su mayor orgullo. Cuando les pregunté por sus papás, Santiago, de solo seis años, me dio un testimonio desgarrador:

‘Mi papá se llama Fernando. El toma gaseosa y se emborracha
y nos deja a nosotros sin comida…’.

Me despedí de mis pequeños amigos en la tienda donde compré un mercadito para que le llevaran a su mamá. Ese relato de Santiago me confirma en la sospecha que este pueblo más que pobre es inculto. Y de ello no me quedan dudas cuando ya en el pueblo veo la gran cantidad de bares, cantinas y discotecas. Hay como tres de ellas por cada mil habitantes. Yo que acabo de venir de San José de la Montaña puedo comparar, pues ambos pueblos son igualmente pequeños, pero el consumo de licor en San José no es tan alto como acá. Puede ser además que en San José por ser zona lechera hay más fuentes de empleo que en Montebello. Al medio día ya había contado cinco pordioseros que me habían pedido limosna.

La vista sobre las montañas es preciosa! Y con este día brillante todo se ve más atractivo. Al norte se ve la carretera que va hacia El Retiro y La Ceja. Hacia el sur está un cerro puntudo que según me dicen es el cerro tusa, pero que yo estoy seguro es el Cerro Bravo cerca de Fredonia. El Cerro Tusa cerca de Bolombolo no es tan alto como para que pueda divisarse desde acá. En acento paisa reforzado, el zapatero del pueblo me dice que el cerro tusa es la única pirámide natural que hay en el mundo…

Allá abajo, por el nororiente se alcanza a ver la plazoleta y la capilla de Sabaletas que, según cuentan los historiadores es la iglesia colonial más antigua del departamento. Aunque pertenece a Montebello, a este corregimiento se llega más fácil desde Santa Bárbara. Dicen que por allá hay una cascada de aguas blancas muy bonitas, entre Sabaletas y La camelia, una vereda al oriente, en mitad de camino entre Montebello y su principal corregimiento.

Regreso al parque por el oriente y paso por dos salas de velación y una marquetería que exhibe sus cuadros casi en la calle. Los colectivos que van para las veredas El Aguacate y El Gavilán salen con pasajeros colgados atrás y sentados en las pocas bancas y en el capacete.

Al fin me venció el hambre. En el Restaurante y Cafetería Familiar de la calle 20 19-16 por $ 2.500 pedí un desayuno delicioso: calentado de fríjoles con arroz, huevos revueltos, arepa, quesito y chocolate con leche. Estaba de morir! Pocas veces había desayunado con tanto placer! Gracias Dios mio…

La cuadra del movimiento es la calle 20 entre carreras 19 y 20. Allí están la alcaldía, una casa de tres pisos con techo de eternit y poca presencia, la estación de policía y los principales bares y discotecas del pueblo. Otro establecimiento que en la mayoría de los pueblos es muy bonito y que aquí también tiene techo de asbesto-cemento es la Casa de la Cultura, hacia el occidente, en la calle 20 No. 22-15, cerca al polideportivo. Es una casa grande sin gracia y que hoy domingo esta cerrada.

La gente aquí es amable. Responde bien al saludo y lo miran a uno con interés al identificarlo como turista o por lo menos extraño. En el parque felicito a unas jóvenes que pegan una cartelera en la que invitan a los ciudadanos a colocar las basuras en el sitio adecuado. Son estudiantes de bachillerato que conocen a Ramón Gómez y pertenecen además al Club Juvenil La Casa. Además algunos hacen parte del grupo de Teatro que se reúne en la Casa de la Cultura.

Yohana, la más despierta de las estudiantes me indica los lugares más bonitos que debo visitar: casi todos ubicados en las faldas de las montañas que quedan al occidente. Están allí el Mirador de El Rodeo, una caseta construida en madera inmunizada con bancas y azotea. Luego, en lo más alto el monumento a Cristo Rey que se alcanza a ver desde el parque y más hacia el suroriente el Sendero Ecológico Malomar, como homenaje a Mauricio López Marín, un destacado jugador de boley ball nacido en este municipio. A estos sitios se debe subir por las tardes para que no le dé a uno el sol en los ojos y se vea el pueblo en toda su extensión. Por último, y más hacia el sur están un barrio de casas construidas por el municipio, el polideportivo y la planta de tratamiento de aguas.

Subo por los lados de la Casa de la Cultura hasta que en la carrera 21 No. 17-59 me encuentro una casita con excelente vista sobre el pueblo y las montañas y con la venia de su dueño me pongo a leer el periódico en el corredor, rodeado de matas y flores. Qué día tan maravilloso este y qué preciosidad de panorámica la que se aprecia desde acá.

Cuando regresé al parque la cuadra de la calle 20 estaba llena de campesinos y compadres. También se ven muchos perros callejeros. Pero también varios niños de ocho meses hermosos y cargados por sus madres. En el Bar El Oasis pido una Gatorade y la canción ‘Soy un príncipe a mi modo’. Porque de verdad con este tipo de vida me siento tan privilegiado como el hijo de un rey. También suena una canción de carrilera que yo no había escuchado. Se llama ‘Cansados de amarnos’ y dice más o menos lo siguiente:



‘Después que nos quisimos con el alma, después de tantos besos
y caricias, alguno de los dos se cansa…
A dónde está el amor que un día nos dimos, el mismo que juramos
Para amarnos, si no hay remedio para querernos como antes,
Que en el mundo encuentres lo que buscas, yo mientras tanto
Seguiré buscando el mío’.



En el club Miramar la pista de baile funciona incluso a las doce del día. Pero no es la única discoteca. También está en el segundo piso de una esquina de la plaza, la discoteca Las Vegas, más abierta y ventilada. Hay otras con pista más reservada y salón a media luz. De verdad que el consumo de licor en Montebello es alto. Una campaña que pudiera hacer la administración municipal sería decretar un domingo al mes ley seca y ese mismo día promover caminadas por el sendero ecológico y otras actividades culturales en el polideportivo y la cancha y el coliseo del colegio.

La mayoría de los bares decoran sus paredes con cuadros de paisajes foráneos o propagandas de Pilsen. Una buena idea sería tomar fotos de los mejores lugares del pueblo, ampliarlas y venderlas al costo a los dueños de establecimientos públicos. De pronto eso ayuda a fortalecer el sentido de pertenencia de los habitantes por su pueblo.

Ya con el sol sobre el poniente me decido a subir por el sendero ecológico y es entonces cuando descubro las bellezas de Montebello. Desde su inicio el sendero que sube al mirador está muy bien cuidado. A lado y lado del camino hay sembrados árboles y flores y en las pendientes se formaron escalas con pedazos de madera. El mirador es bellísimo, en madera inmunizada, muy amplio y con una panorámica increíble.

Converso con unos lugareños y continúo el ascenso hasta el monumento a Cristo Rey. Desde allí se ve el pueblo precioso, máxime en un día de tanto sol como el de hoy. El ascenso, aunque pendiente, es corto. El pueblo se ve ahí no más, allá abajo y se alcanzan a distinguir muy bien sus puntos destacados: el Colegio al fondo, con su cancha grande y el coliseo. Más acá el edificio donde funcionó hasta hace poco el Hogar Juvenil y que desafortunadamente por falta de recursos ahora está inutilizado. La iglesia, el morro donde estuve esta mañana, algunas veredas de El Retiro y La Ceja, el parque y la calle 20 atestada de contertulios y borrachitos. Incluso hasta acá se alcanza a percibir la contaminación auditiva de tantos equipos de sonido funcionando al tiempo.

Detrás de la imagen de Cristo Rey hay un montículo desde donde se ve la carretera que viene desde Versalles, más a la izquierda el pueblo de Santa Bárbara y al fondo los farallones de La Pintada. Yo supongo que de noche se deben ver las luces de Valparaíso y Caramanta. Este sitio es sin igual. Tiene vista de 360º y está tan alto que aquí hay señal Ola que en el pueblo no existe. Y lo mejor es que lo que hay que ascender para llegar hasta acá desde Montebello es muy poco.

Qué hermosura. Se ven montañas azules, verdes y, las más alejadas: grises. Todo sobre un cielo de pocas nubes. Algunas golondrinas pasan en vuelo rasante sobre mi cabeza. Es tan tranquilo esto acá que se escucha perfectamente el zumbido de las alas contra el viento. Un grillo me asusta al posar sus patas ásperas sobre mi mano. Los gallinazos no vuelan, simplemente se dejan llevar por las corrientes ascendentes de aire cálido.

Un bosque nativo al frente, más allá una finca ganadera y a la izquierda un sembrado de café sobre la ladera. Piedras grandes y lisas sobresalen en el pasto cercano. Por allá un sembrado de pino pátula, más lejos una serie de casas campesinas que de manera escalonada se asientan en la montaña. Una carretera veredal las une a todas. Aquí cerca se escucha el canto de un cucarachero y a lo lejos se oye el ruido del pueblo. Las golondrinas pasan de nuevo en vuelo bajo y rápido. En general se ven pocos cultivos pero de todas maneras el paisaje es de ensueño. Qué bonita es esta Antioquia que nos vió nacer!

Como no he almorzado y van a ser las cuatro, desciendo al pueblo por el sendero de Malomar. Muy bonito, y qué sorpresa, nada de vandalismo. Todo está bien conservado. Hay bancas y mesas para picnic, leyendas invitando a conservar y cuidar la naturaleza, una quebrada empedrada que baja desde su nacimiento, sí, todo muy bonito y bien cuidado no obstante que se construyó en la administración municipal de 1.998.

A todas estas no había tenido tiempo de entrar a la iglesia. Tal como se puede adivinar por su exterior, adentro no tiene nada de especial, arcos entre románicos y ojivales, y ventanas con vitrales poco pulidos. En la oficina de transportes me informan que después de las 6 de la tarde ya no salen más carros para Medellín. De todas formas decido quedarme para ver la luna llena de hoy, así me toque ir hasta Versalles a pié.

De nuevo en el Restaurante Familiar de la calle 20 por $ 4.000 almuerzo una bandeja con posta. Para mi sorpresa me saluda un muchacho muy formal que fue profesor de Educación Física en el colegio Cumbres y ahora trabaja en el Club El Rodeo. Nació en Montebello y cada fin de semana lo pasa acá, pues su apartamento está al frente del restaurante. Mientras saboreo la posta veo con horror a un borracho que invita a todos a pedir ‘lo que quieran’ mientras saca del bolsillo un fajo de billetes. Qué será de su esposa y de sus hijos…

Antes que empiece a oscurecer subo de nuevo por el sendero hasta la imagen de Cristo Rey. Qué encanto de vista la que se aprecia desde acá. Converso con todo el que me encuentro, que no son muchos mientras suenan las campanas de la iglesia invitando a los fieles a la misa de seis. Me siento en una de las mesas de madera inmunizada y escribo el resumen de lo vivido hasta ahora.
Ya empieza a oscurecer. Como casi no hay nubes, para cualquier punto hacia el cual se mire, se destaca el contorno de todas las montañas. En el pueblo empiezan a encenderse las primeras luces mientras los gallinazos se dirigen hacia sus nidos dejándose llevar por el viento.

Y lo más entretenido, ver las luces titilantes de los aviones que llegan a esta hora del anochecer al aeropuerto José María Córdoba. Les sigo el vuelo hasta cuando se pierden cerca de la pista. El cielo comienza a llenarse de estrellas. Empieza a ventilar muy frio. Para protegerme me acuesto dentro de un pequeño cráter. Siento en la espalda el calor de la tierra que recibió tanto sol en el día. Quedo en una posición privilegiada, con la cabeza recostada en la manga y las nalgas en el fondo del hueco, apenas como para contar las estrellas o buscar las siete cabritas. El que sí se destaca por el occidente es Júpiter, tan luminoso y bello.

No, pues me siento extasiado en medio de esta naturaleza tan bella y este universo grandioso. A las 6:47 miro al oriente y noto las primeras luces de la luna próxima a aparecer. Un cuarto de hora más tarde ya está en el firmamento, en medio de nubes que la acompañan y la cuidan en su ascenso hacia el cenit. Todo lo que veo es bello. No tengo ni pisca de miedo. Todo me parece bonito y digno de valorar.

A las siete y media decido regresar al pueblo. Eso sí, con mucho cuidado. Estos zapatos nuevos no tienen muchas estrias y una caída acá, yo solo, y en estas alturas puede ser peligrosa. Lo malo es que un reflector verde que ilumina el sendero desde el mirador me enceguece un poco, a no ser que con mi mano proyecte sombra sobre la cara.

A Dios gracias antes de las ocho estuve en el parque. Reclamé unas fotocopias que había dejado guardadas en el comando de policía y contraté por $ 10.000 una moto taxi que me llevara hasta la troncal que viene de La Pintada. A mí me atemoriza montar en moto, pero esta luna y esta noche estrellada de hoy merecían cualquier sacrificio. Si el conductor apuraba el paso le pedía que fuera más despacio. En carretera destapada las posibilidades de que las llantas resbalen es más alta.

Cuando mi conductor mermaba la marcha era cuando podía admirar las luces de Santa Bárbara y Versalles que a esa hora se veían preciosas. Mientras tanto la luna ya más encaramada nos vigilaba desde el cielo y ahogaba un poco el resplandor de las estrellas.

Por espacio de hora y media estuve poniéndole la mano a todo carro que subía. Parece que desde abajo hay mucha gente esperando transporte. Solo al final me paró un carro cuyo conductor venía de saco oscuro y corbata negra. Ahí fue cuando entendí que me había subido a un coche fúnebre que, menos mal, ya había entregado en Abejorral al ‘fallecido’. Subimos a Minas y bajamos muy rápido hasta Envigado en cuya estación del metro me quedé agradecido con el hombre que me sacó de apuros y me permitió estar en mi cama a las diez y media. Lo que más me preocupaba era de pronto perder mañana el juego de ping pong y el tinto con los amigos de La Octaba. Gracias a Dios todo estuvo bien. Qué día tan maravilloso este domingo. Nunca esperé vivir tantas y tan variadas emociones en un pueblo tan pequeño y tan cercano. Salud!